domingo, 31 de enero de 2016

Lo cotidiano

¿Cómo has logrado ser tan transparente?
Tal vez tu mente no es consciente, de las veces que te miró de reojo
Para sorprenderte, desdibujando el límite entre lo humanamente banal
Y lo divinamente erótico.  
Y si nuestros ojos se encuentran en el momento,
Busco en ellos alguna pista tímida de vergüenza,
Y me encuentro con la expresión que me ha degenerado poco a poco el pensamiento.

Nos tumbamos inmóviles, cada una con la mirada pérdida;
Cuando mis ojos se vuelven consagrados otra vez,
Para permitirles ver el fino movimiento, cuando tu falda reveló
Aquellos muslos modelados con marfil.
La misma brisa, parece querer matarme de agonía
Cuando justo en el momento en que subes los escalones frente a mí
Me regala una mirada cómplice de  tus rebosantes caderas.
Cuando me tocas los dedos con los tuyos;
Y mi vertiginoso deseo de tomarte, me quema todos los pensamientos hasta llegar al vientre.
Cuando hablábamos ya no sé de qué cosas,  y te has reído lentamente descubriendo tu cuello.
Tu cuello que está cubierto de pequeñas estrellas,
Tu cuello que tantas veces he tomado fuertemente entre las manos,
Hasta producirte el éxtasis que tanto anhelabas.



Me pregunto ¿cómo eres tan transparente?
Dejando que te vea los deseos desnudos, en un día tan mundano como un lunes.
Y me permites comerte en pensamientos y miradas,
Hasta relamerme los dedos con satisfacción.
Tu erotismo, esta tan expuesto que me encuentro sentada
Cerrando los ojos y tratando de encontrarte
O de hacer un hechizo para invocarte
Porque mi cuerpo  pide a gritos provocarte,
Hacerte estallar mil veces por noche
Y borrar para siempre esa línea que divide mi fantasía de lo real,
Lo divino de lo humano.
Eres tan transparente,
Porque eres depravación animal,
Eres delirio de diosa.

En forma de cotidianidad humana. 

lunes, 29 de diciembre de 2014

Anhelos

El silencio sangra sobre mi piel,
hace estallar mi pensamiento.
Suena el eco, el grito, el llamado
retumba entre las cuatro paredes.

Sumergida en pensamientos delirantes,
en sábanas que abrazan la piel,
en la sutil canción nocturna.
Te pienso y apareces,
me arrebatas el sueño.

Te pienso y te materializas,
Te pienso y todo brota,
Anhelos, Anhelos,
los deseos del alma;
Anhelos, fantasías despiertas.

Hay cuatro paredes con barrotes de hierro,
y dos mentes infinitas;
Necesito de tu mano, necesito de tus pasos,
Mi corazón anhela, traspasar cada Tratado,
cada límite trazado.

Sumergirnos en el Océano,
Apasionarnos dentro  de una cueva,
Dejar al viento soplarte los cabellos;
Vivir dentro de una arboleda.

Volvernos salvajes,
Acostarnos en el pasto bajo la luna estrellada,
Recorrer con nuestros cuerpos el místico anochecer,
Y aullar a la luna sin pudor.

Cerrando los ojos te puedo materializar,
Vivimos en el paraíso,
Eres mi Eva rodeada de pecados,
Eres mi Eva y yo, tu tentación,
El Significado,
Soy tu serpiente y tu eres mi Eva,
Saboreando la manzana en el Jardín de Edén.

Me llevas de viaje, más allá del mapa;
Y si el tímido rayo de sol, traspasa la ventana
Y sí el tímido rayo de sol ilumina tu cara,
Nadamos en el Océano, en la mejor tarde de verano.

Y si la luna brilla en el cielo,
y tengo en tus pecas el cielo estrellado;
me he acostado sobre el magnificente
cielo nocturno.

Y si tomas mi mano viajaré más lejos qué al centro de la tierra,
Recorreré más millas en ese instante; qué en 80 días,
Si me besas la espalda,
Moriré en un segundo y bajaré a los mismos Infiernos de Dante,
en un viaje épico.

Si tomas mi mano y cierras los ojos,
te llevaré a dar la vuelta a todos los planetas,
Sólo necesito de tu suave boca,
para viajar sobre mil mares.
Romper las ataduras,
Y hacer de nuestra voz, el eco infinito.

martes, 11 de noviembre de 2014

Musas hermanas

¿Acaso te alimentas tú de las lágrimas del cuentista?
Musa dormida, musa inerte
¿Qué es la muerte para ti? ¿Es acaso el abandono entre suspiros?
¿Escuchas mis clamores?
Musa dormida, musa inerte
¿Me has abandonado para siempre?

La muerte es para ti, transformación
La muerte es para mi, dejarte ir
Si pudiese aún pedirte un deseo,
sería darme aquello qué toda la vida he anhelado
¿Qué tienen aquellos hombres y mujeres de renombre qué no te puedo dar yo?
No te han traicionado, por la divina vida repetitiva,
por el ajetreo de la vida,
te he abandonado.

Pensar qué nací contigo,
en mi adolescencia fuiste algo repetitivo,
vienes y vas con la melancolía;
te alimentas de mis lágrimas,
en tu sadismo disfrutaste de mis noches de soledad.
Y desapareces ahora,
Musa inerte y dormida.

Ahora qué no estas me han visitado,
es tú hermana, la romántica,
la del soneto y la rima,
la que suspira,
la que besa y ríe en solitario;
la que llora sabiendo que en la mañana
la despertará el sol naciente.

Ella sabe qué debe vivir, buscando felicidad,
se alimenta de mis ganas de vivir,
y en la noche prende la luz;
y me recuerda qué la belleza le gana al mal del mundo.

Y el mal sigue ahí,
y tú sigues ahí,
Y la melancolía sigue sonando en la canción de fondo,
Pero ella, ella llena todo de belleza
y abraza el espacio vacío qué siempre existió
Y ya no te puedes refugiar ahí
con el vestido de seda negro, susurrando en desesperación.

Y si hoy decido llamarte,
ya no estarás ahí,
es tu hermana,
la que hace qué todo rime,
y qué con sonetos,
te cuente lo hermoso qué es vivir;
Entiendo que para ti es transformación,
entiende qué para mi me has abandonado
Y esto es un adiós.





domingo, 3 de agosto de 2014

Mandarinas

Para Maricruz

Recordamos juntos el árbol de mandarinas,
cuando el sol cortaba formas brillantes a través de las hojas,
y reíamos y cantábamos,
y nada dolía ni preocupaba,
todos pelábamos mandarinas al sol.

Y el árbol un día desapareció,
cómo quién termina su paso por la vida,
y en su lugar crecieron flores de colores,
pero; quiénes habíamos compartido la sombra y sus frutos,
guardamos el recuerdo, los juegos y su espacio en la tierra.

Y hoy es agosto,
en el día llueve y las mañanas a veces amanecen nubladas
y otras de colores,
para nosotros se ha nublado agosto,
y un día cortaron el árbol;
y se cayeron las mandarinas.

¿Alguien se acuerda si fue en agosto?
En agosto dejamos de ver tu sonrisa,
se desvaneció de repente,
en el día que se suponía ser el más feliz de tu vida.

Y a la sombra de un nuevo día y de un oscuro porvenir,
recordamos las semillas de los frutos,
los días de verano,
las risas y tu risa,
debajo del árbol.

El camino parece oscuro y desesperanzado,
pero; al posarnos donde alguna vez creció un árbol,
donde nos sentamos a comer mandarinas;
y a dibujar con los dedos en la tierra,
cuando nos sentamos donde solían estar las raíces,
y vemos como se llena de flores y de vida,
el camino ahora parece un jardín,
y aunque el árbol ya no da de sus frutos;
todos recordamos aquellos días de verano
cuando tu infinita sonrisa
llenaba los rincones del jardín.

Y si hemos de encontrarte otra vez,
es posible que lo haremos del otro lado del árbol,
que un día dio frutos y nos prestó días felices.
Y si hemos de encontrarnos a la luz del sol,
al inicio de otro agosto;
estaremos listos para enseñarte el jardín que ha florecido,
gracias a tus frutos.
Y hablaremos,
cantaremos,
jugaremos,
a la sombra del árbol que un día hecho fuertes raíces,
y creció allí,
y aún cortado; aún herido
nos engalano de recuerdos.

Aún en el vació de tu ausencia,
recordaremos donde hiciste crecer tus raíces,
y cantaremos,
y bailaremos,

al otro lado del árbol de mandarinas.

sábado, 7 de junio de 2014

Historia de las manos

¿Recuerdas cuando nuestras manos se conocieron?
Encontrándonos bajo los efectos de la primera charla,
se rozaron tiernas y suaves, alegres y revoltosas;
bajo un sol dominical y las ganas prematuras de rozar los labios
y el cuerpo entero.

Tus manos, siempre presentes, se acercaron temerosas a las mías,
Tus manos recorrieron mi cuerpo; como si del planeta entero se tratará;
allí trazaron mares, lagos y cordilleras rocosas.
Tus manos dentro de mi cabello, buscando frutos en la enredadera.

Tus manos ansiosas de demostrar sus virtudes; toman lápiz, pincel y pluma, cómo herramientas; pasta para modelar, tiza y entre tus manos; también, mis caderas.
Tus manos se doblan en primera; y yo aplaudo en silencio, sin que tú te des cuenta.

Una mano suave, delicada y virtuosa se entrelaza con la mía,
me acaricia los hombros, la espalda y los brazos,
agarra de lleno y en puño mis besos, y acaricia con ternura mis labios,
manos apasionadas, manos traviesas.

Tus manos son en sí mismas poesía,
puedo hablar sobre ellas y contar el relato,
confesar mis anhelos;
de empezar a divisar piel arrugada,
a sentirlas ásperas; aún entrelazadas a las mías.

O qué espero sentir la mano cálida en mi vientre,
ponerle un anillo en uno de los dedos, para que brille bajo el sol,
acariciarla cien años, reproducirla en un par más pequeño.

Qué acaricie mis brazos cuando estamos bajo las sábanas, en una noche fresca,
qué me tome mi mano y la abracé en una conversación cotidiana,
que limpie mis lágrimas;
que sea objeto de consuelo y alegría,
que tracé en mi poesía,
que enseñen,
que amen, que eduquen,
y que la huella de tu mano, se llene de líneas de toda una vida,
y quedé para siempre encerrada en mi pecho,
que mi mano quede encerrada en la tuya,
que no se aparten,
que se complementen,
qué se fortalezcan juntas.
que sueñen y realicen,
y qué al final, las huellas de nuestras manos tracen para siempre;
la historia de un recuerdo.

miércoles, 2 de abril de 2014

Ocaso en marte

Todos eran en tonos azules y naranja, sin embargo; no era el mismo azul ni el mismo naranja que conocía, era azul eléctrico y naranja que quemaba la piel.
Y observando ese majestuoso paisaje, ya podía marcar el día 370 con una gran "X" color roja. 

Nunca pensé que llegaría el 2025, no puedo entender cuantos días han pasado; pues ya no entiendo el concepto de días, los contamos por la cantidad de ocasos azules que logramos ver.

La vista nunca va a dejar de ser naranja y los ocasos no van a dejar de ser azules.
¿Acaso importa que entremos en formalismos? ¿O siguen importando nuestros nombres que ya probablemente fueron borrados de los registros de la tierra y de las memorias de los pocos que dejamos atrás?
Mi nombre es Tomas y el color naranja me produce nauseas, me recuerda al vómito de un perro terrestre, me recuerda a enfermedad y a pandemias, que tanto presencié en los últimos años.

Era el 2015, y el planeta donde habitaba era 70% agua, no toda era agua cristalina y potable, pero, ¿cuanto pagaría por la vista de un pozo de aguas estancadas donde se pudiera reflejar el cielo lleno de nubes grises?
Y el resto humanidad, y vegetación, reino animal, ingenio, romance, la poesía; cuánto la extraño, supongo que por eso escribo en esta bitácora.

Era el 2015 y nos llamaban locos, era el 2015 y nadie se lo imaginaba, aún eran teorías conspirativas, aún se veían los planos como una portada de ciencia ficción y ahora aquí estaba.
Y supongo que sí, si lo soñaba, si soñaba con todas esas pobres almas humanas, que no se imaginaban lo que venía, que se atragantaran en sus palabras y se asfixiaran en arrogancia, en vanidad, en sus propios problemas ambientales, que se llevaran el reino vegetal, que absorbieran todo el agua potable con la pajilla de los cerdos capitalistas, que se matarán por sus imaginarios dioses y que yo, no estuviera allí para verlo, y verlos rogar y escuchar sus plegarias mientras el casco tapaba mis oídos sin posibilidad de ver atrás; esos eran mis verdaderos deseos, a diferencia del discurso político para mi aplicación.
Odiaba ser parte de esos humanos que peleaban por un libro escrito hace millones años, o por si la erección de un hombre debía ir en el recto del caballero o en el canal vaginal de la dama o en cualquiera de los casos si debía o no eyacular  en el piso para no matar futura progenie.

Y allí estaba observando con nostalgia, un sentimiento  humano, ese ocaso de eléctricos colores y deseando tocar el pasto con los dedos desnudos, leer un libro a la sombra de un árbol con hojas verdes y amarillas, escuchando la armonía de los pájaros; o simplemente escuchar la risa de un niño correr por los suburbios, sentarse en el autobús y ver la carretera y los techos de las casas.
Encender la televisión y ver los programas de realidades vacías y estéticas, derramar una lágrima con una película conmovedora o cantar mi canción favorita en la ducha; y ya nada estaba, ese mundo había dejado de existir, aquí y allá; todo era diferente, allá colapsado y aquí vacío.

Me levanté hacía la base; era muy diferente a mi hogar en la Tierra, no había nada verde, ni paredes de cemento con decoraciones florales u orientales, en su lugar eran paredes metálicas incapaces de trasmitir el calor de un hogar, como cuando ha caído la lluvia y no se anda paraguas, el placer de entrar por la puerta y ponerse medias calientes; era ese calor el que las paredes ya no trasmitían.
Se entraba por una puerta automática, cada uno tenía un código en el traje,  la puerta lo escaneaba para abrirlo; para cuidarnos de la invasión del resto de la población. Se entraba a un vestíbulo color metálico en el que podíamos dejar los trajes especiales y las botas de arena marciana y quedarnos con un material muy terrestre, trajes de algodón.

La base nos suplía del oxígeno y la luz necesaria, ambos generados artificialmente, el vestíbulo conducía a tres cámaras, los cuartos de descanso de cada uno.
Estos contaban con sábanas limpias y blancas, una cama esterilizada, un escritorio de metal, una bitácora y un lapicero con tinta espacial, computadora personal y un pequeño armario con miles de suplementos iguales de medias, paños, navajillas, cremas, jabones, pasta dental y cepillos. Todos los tres cuartos de descanso eran iguales.

Pasando los cuartos de descanso se encontraba el cuarto de baño en común, tenía la luz blanca más clara de todos los cuartos de la base, un inodoro esterilizado, en el que los desechos eran conducidos a un relleno sanitario donde eran convertidos en abono y las aguas recicladas.
A la par tenía una especie de cuarto personal que funcionaba para limpiarnos con vapor; ya que economizaba el agua mucho más que una regadera normal.

Al salir de ahí nos dirigíamos al centro de alimentación; se dividía en el vivero, el cual era mi lugar favorito para meditar, ahí crecían artificialmente abonadas y regadas; plantas originadas de la tierra y había un pequeño campo de prueba para sembrar vegetación encontrada en el terreno de marte; vale destacar que encontramos ciertas fuentes de agua en este planeta, pero aún son muy limitadas y se está trabajando en encontrar más.
El otro lado del centro de alimentación era una mesa larga metálica y unos centros de refrigeración con toneladas de comida enlatada y plastificada proveniente de la tierra.
Además de esto, teníamos dos comodidades importantes: un botón de pánico, en el caso de que  hubiese una emergencia o un gran descubrimiento y una manera de conectarnos con la tierra de vez en cuando, por unos cuantos minutos para recibir notificaciones, noticias, instrucciones y retroalimentación sobre nuestras investigaciones.
Nunca estuve acostumbrado a compartir mi apartamento y tampoco me resultaba muy atractivo el concepto de compañía; pensar que viajar a Marte sin tiquete de regreso me haría más independiente del contacto humano hasta hacerlo desaparecer fue mi error. Lo compartía con dos personas, una mujer asiática de 30 años y un hombre moreno con raíces latinas de 35 años.
La asiática era doctora y el latino era biólogo en su vida terrestre; y ahora identificarlos por nacionalidad era ridículo, absurdo diferenciarse por nacionalidad; si las personas de la tierra fueran puestas aquí eliminarían todos sus prejuicios y se unirían por el simple hecho de ser humanos; humanos con terror a las afueras de la base, nostalgia, depresión y por el hecho de compartir la misma anatomía y los mismos sentimientos.

A veces me gusta ver esta luna y reír de la ironía, la ironía de haber nacido en un mundo con la temperatura correcta, la biodiversidad, animales, oxígeno, agua, diversidad de cuerpos humanos; haber fundado civilizaciones, culturas, familias, tecnología y haber destruido todo; supongo que esto es lo que nos toca, tenemos lo que merecemos, un lugar lleno de montañas de arena roja, donde todos los colores que existen son distintos colores de rojo; no hay ríos en este lugar, no hay cultura, no hay floristerías en las esquinas; ni siquiera flores creciendo de la tierra, no hay aromas; el único olor que sentimos es olor esterilizado a oxígeno guardado en tanques.
Y me rió por la humanidad, pobres ilusos, todos los días encuentran una nueva forma de matarse y destruirse entre sí, enfermarse, discriminarse, hacerse daño; nadie ha estado tan solo como lo estoy hoy, nadie ha necesitado el cuerpo de una mujer tanto como lo necesito hoy, nadie ha ansiado tanto el calor humano como lo ansío hoy; nadie la sanidad como lo ansío hoy, o simplemente ver la tierra desde el exterior y beber un sorbo de agua.



Ocaso 380:

Hace unos momentos reposaba en mi cuarto de descanso, estaba observando el techo de mi habitación  e imaginando que entraba el olor de una cena recién hecha a mi cuarto, que escuchaba los niños jugando en la calle de al frente y que lloraba de alegría.; cuando unos fuertes golpes me trajeron de vuelta a marte.
Los tres lo escuchamos y salimos de nuestras habitaciones y nos encontramos en el pasillo; comentamos como el golpe había sido seco y sonaba metálico y los tres concluimos en que yo debería revisar afuera; ya que soy el ingeniero mecánico y podía ser una falla en la estructura de la base; los tres sabíamos que no lo era.
Me puse el traje rápidamente y salí de la base; fue un alivio saber que aún podía sentir suspenso y miedo subir desde las plantas de mis pies hasta mi estómago; era un alivio sentir cosas humanas y saber que aún no estaban perdidas.
Sentí miedo mientras caminaba la arena naranja del planeta rojo, trataba de encontrar alguna pista, algún trozo de metal, una piedra; pero no espere encontrar eso; al menos no todavía, no solo y sin ningún tipo de instrumento.
Era una huella, era una huella en la arena; al compararla con el tamaño de mi pie era un poco más grande; no podría relacionarla con la huella de un pie humano, si tenía dedos, pero, se veían largos; mi tarea científica y lo que parecía ser mi deber era recolectar pruebas y arena de esa huella y humanamente estaba aterrado;sabía que en algún momento esto iba a pasar, había sido un tema del entrenamiento, había sido un pensamiento y miedo constante, había sido una pregunta en los reportes; pero, no estaba listo, no era el momento y en ese momento sentí que iba a vomitar.
Pensé en dar una vuelta más y asegurarme que todo estaba bien; pero sabía que nada estaba bien.

Ayana y Eduardo me veían con miradas inquisitivas en mi regreso a la base; por un momento pensé en mentirles y devolverme a la cama.
Todos nos miramos, pues sabíamos que esto pasaría y todos nos volvimos a mirar sabiendo que aún no íbamos a poner nada en los reportes.
Después de un rato sin hablar; nos metimos de nuevo a la cama, esa noche escribí en mi reporte:

"Marte sigue siendo putamente rojo y helado"

Si ya no es difícil dormir en una cama que no tiene la suavidad de las cobijas de algodón; una cama donde se duerme dentro de sacos de aluminio electrizado y suenan a tormenta si no se esta quieto, si no es difícil dormir en un lugar donde no llega la temperatura de la noche terrestre, en un lugar donde se teme por dormir, soñar con la tierra y tener que volver a despertarse. 
Si ya no era difícil dormir en ese lugar, ahora tenía que intentar dormir con la amenaza inminente de que algo o alguien se encontraba afuera; que eran los nativos y que no andábamos pavo y espejos para conquistar sus tierras y pisotear su cultura. 

Ocaso 390: 

Empiezo a dudar sobre mi propia existencia, empiezo a dudar sobre la existencia de Eduardo y Ayana; tal vez nunca me fui, tal vez me encuentro en la tierra, experimentando los efectos colaterales de alguna guerra nuclear, o puede ser del máximo nivel de polucion; alguna de las muchas pandemias o una simple intoxicación por agua. 
Y sin embargo, no podía negar la arena marciana que rodeaba mis botas, no podía negar el ocaso que se ponía a lo lejos, no podía negar que había escuchado a Eduardo llorar a gritos en el baño vaporizado hace unas horas o que Ayana se había acostado con al intención de morir en el vivero; el espacio más cercano a casa. 
Escribo estos reportes porque es lo más humano que tengo, porque las emociones aún existen y me queman por dentro; porque tengo miedo, porque necesito soñar, para que las personas lo sepan; pero, sobretodo escribo para no perderme; escribo para que el humano que era se quede grabado en la impresión de una tinta sobre el papel, ya no soy el mismo, pero no quiero olvidarme nunca.

Ya no lo podemos negar más, estamos acompañados y al mismo tiempo estamos solos; no podemos interactuar entre nosotros, nos hemos vuelto cada vez más hostiles, cada vez más vacíos y hemos estado perdiendo la vida; de todos modos ¿Cuánto ha de valer la condición de ser viviente entre arena roja?

Ocaso 395-397

Sabíamos que esto iba a pasar, desde el sonido seco en la base, desde el entrenamiento; pero,  lo habíamos tratado de ignorar; no sé cuántos días han pasado; cuantos azules ocasos he visto, a veces sólo me quedo contemplando hasta que cae el próximo y tiñe de azul el cielo marciano y solo cierro los ojos e imagino el mar que alguna vez mojó mis pies y los hizo oler a sal.
Ya no lo puedo ignorar más, esta vez fue demasiado cerca, esta vez no son las típicas alucinaciones que tengo de sentir la tierra con mis pies, oler la tierra mojada y escuchar a los pájaros cantar en la mañana; las típicas alucinaciones  de mi lengua sobre los senos de una mujer y su cálida piel entre mi cuerpo.
Esta vez no; había escuchado el estruendo fuera de la base, había salido a revisar y lo había visto con mis ojos terrestres.
Hubiera deseado qué ese contacto visual acabará con mi existencia.
Su cabeza era ovalada y asimétrica; con bultos alrededor, sus ojos negros y también alargados hacia arriba, reflejaban el terreno de arena roja que nos rodeaba. El ente podía medir 1.90 de estatura; su piel se veía y sonaba viscosa; húmeda, dedos alargados con una especie de fulgor azulado alrededor y todo su cuerpo reptiloide de un color desconocido e indescriptible para mí.

Nos miramos a los ojos y pensé que este ser bien podría pasar por un hijo bastardo de la evolución humana.
Me encontraba inmóvil y aunque la llanura de su boca no se movía llegó un pensamiento a mi, sin lenguaje conocido; no lo podría explicar, aunque podría expresarlo como un cuestionamiento a mi estadía.
Perdí la razón, la cordura y mi habilidad motriz, los humanos no podrían estar más equivocados en sus dudas o la negación sobre la vida en los otros planetas, siempre consideré ese tipo de pensamiento arrogante y ahora increíblemente equivocado y soberbio.
La vida marciana existía y estaba ante mis ojos sus extremidades se movían hacia mi y mientras el ente se acercaba, sentía un dolor progresivo en el pecho.
Ahora desearía que esa presión hubiese acabado con mi vida, en cambio el ente se marchó junto con el resto de planeta desconocido y se marchó ante mis ojos.
En cambio me dejó preguntándome si al fin había perdido toda la cordura que quedaba ante un ente extraño, ¿cómo volver a la base y explicar a mis compañeros de celda el extraño fenómeno que había presenciado?
No hubo necesidad, al regresar a la base, aquel día del golpe en la pared; de alguna manera ya ambos sabían de que se trataba.

Sin embargo, había sido únicamente yo el que lo había visto en tal ocasión y los otros podrían tratar de convencerse de que aquello nunca había estado allí.
Pero, no esta vez, porqué hoy mientras escribo bajo el azul marciano celestial del cielo, Ayana debe estar de pie en la ducha de vapor pensando ¿Qué le pasaría a un astronauta salir de la base sin equipo protector?
Eduardo debe estar inmóvil en el vivero, cuestionando al dios que siempre le enseñaron que fue perfecto y que todas sus creaciones son perfectas también.

Hoy empezábamos el día con una misión, encontrar fuentes de agua o recursos líquidos, como arena mojada.
Mientras todos nos comprometíamos con la tarea, Eduardo encontró una baba transparente y viscosa; nos acercamos e íbamos a tomar una muestra; cuando divisamos ocho figuras más altas que nuestros cuerpos humanos. Eran nueve de aquellos y estaban alineados; la sensación de pánico inundo mi cuerpo de nuevo impidiéndome hacer algún tipo de gesto o palabra.

Mi mente curiosa al observarlos todos en fila, divagaba pensando que estos entes podían interactuar entre sí, formar civilizaciones, eran capaces de formar vínculos amorosos y de poblar sociedades.
Nos rodeaban y podía sentir como perdía la noción del tiempo; veía a mis compañeros, y los veía retorcerse como gusanos ante este mundo, no condicionado para mortales.
Así como la última vez, todos se marcharon sin decir una palabra, sin contestar nuestras preguntas.

Nuestro estado de conmoción no nos permitió movernos por un largo rato, solo nos observábamos las caras a través del oscuro vidrio del casco; no se cuánto tiempo pasó sin que se nos escapara una palabra, sin siquiera un vago sonido, primero fue Ayana y luego Eduardo; se levantaron con segundos de diferencia y caminaron lentamente hacia la base; sin mirarse, sin emocionarse y recordé que cuando nos habían dejado aquí nuestro espíritu científico aún vivía y quemaba nuestras almas, aún teníamos sueños para el planeta rojo, soñábamos en conquistas, en civilizaciones, en empezar de nuevo y perdonarnos por lo que le habíamos causado a nuestro lugar de origen; dejar todo atrás y conquistar de nuevo, creyéndonos erróneamente, la raza superior que podría regir en el final.
Caminé de nuevo hacia la base, tiempo después que los demás se fueron, caminé tratando de ignorar los sonidos que escuchaba y que eran desconocidos para mí, cerrar los ojos y relacionar todo lo que había visto y oído a mis experiencias terrestres pasadas y unirlos en lógicas explicaciones.

Entré a la base, la luz blanca brillante y las pocas sillas metálicas le daban un ambiente esterilizado al lugar, me quité el traje y lo colgué a un lado de la puerta. Al caminar hacia adelante dirigiéndome a mi lugar de descanso, encontré a Ayana desnuda, sentada en una silla de metal frío.
Se encontraba con la cabeza mirando hacia el techo, cómo tratando de nadar entre melancolías y existencialismos con la cabeza levantada, sentada en ángulo recto; la larga y lacia cabellera negra le cubría los pequeños senos y su cuerpo, que reposaba casi inerte en la silla, estaba hecho de porcelana; porcelana asiática, porcelana frágil.
Al verla recordé la verdadera ansiedad que sentía a diario por el calor que emitía una mujer al tomarla en los brazos, sus armoniosos quejidos, la forma en que se retorcían, la forma en que sus mejillas se sonrojaban, el suave tacto de sus rosados labios, el olor de su cabello, la forma de sus caderas, sus muslos, sus excitados senos y por supuesto, el cáliz de la vida y al fuente máxima de placer, entre sus piernas; a menudo soñaba con sentir ese calor y ese sabor de nuevo revoloteando entre los sentidos de mi cuerpo y en las capas más profundas de mi piel; sentí la necesidad más fuerte que nunca; nublando mi razón y mi cuestionable moral.

Corrí hacia ella y la tomé entre mis brazos, tome su cadera; su cuerpo parecía inmóvil, su cuerpo no tenía el calor corporal que recordaba en la tierra; sentía su piel de porcelana fría entre mis brazos, retenida contra mi pecho; tome sus senos con fuerza recordando como solían juguetear contra mi lengua, tome sus piernas y la miré a los ojos; sus ojos seguían cerrados, ya era muy tarde para detenerme, la lujuria, la pasión, la ansiedad son armas poderosas cuando se juntan con la falta de cordura y la soledad; su expresión no decía nada, pero su cuerpo manipulable lo decía todo.
La coloqué en el suelo, no necesité muchas fuerzas para abrirle las piernas y así en una posición de total fragilidad y vulnerabilidad la penetré con mi miembro erecto; mientras por primera vez en este lugar, las lágrimas lograron bañar mis mejillas.
Eduardo, quien acababa de escuchar todo, se sentó a mirar, con la cabeza entre las rodillas, se mecía de adelante atrás mientras yo la penetraba; afuera y adentro.
Después de  poco más de un minuto, exploté dentro de ella; haciendo lo que pudo ser una explosión de arte moderno, si se combinaba con su piel porcelana con ligeros tintes color púrpura.
Me levanté sin decir nada, me limpié las lágrimas con el reverso de mi mano; me vestí y deje su cuerpo sin vida en el piso del cuarto; estaba seguro de que Eduardo la necesitaría después.

Yo, por supuesto, sabía que le pasaría a mi cuerpo dentro de unos minutos, cuando me quitará el casco en el medio del planeta rojo, probablemente durará unos minutos, o incluso segundos antes de que empezará a perder el conocimiento; después la sangre empezaría a hervir provocando la falla cardíaca que acabaría con mi vida.
Mas, nunca me iría sin terminar mi último reporte para la investigación:

"Los ocasos en marte son siempre azules; marte sigue siendo intensamente rojo y helado, las tormentas de polvo son la única distracción; probablemente este lleno de civilizaciones humanoides quienes, de todas formas destruirán la raza humana, si no es que, los humanos que quedan, ya se han destruido a si mismos."

















martes, 8 de octubre de 2013

Mónica

Mónica, siento como mis labios vibran saboreando su sonido
de tu piel brotan sonetos y poesía 
¿Cómo no traducir en un papel los versos de tus ojos?
Mónica, el nombre de esta poesía y también de la sinfonía;
mi musa, mi musa eterna. 
Podría asegurar que antes de ese domingo, me visitabas 
Podría asegurar que ya había sentido la canción de tu alma en las noches de inspiración 
Que me visitabas en las noches que en la soledad me retorcía bajo las sábanas. 
Mas, ese día que llegaste, que tu presencia física se volvió sólida frente a mi 
el día que conocí a mi musa y me perdí en sus ojos, 
desde ese día no me abandonaste. 

Mi musa, mi vibrante musa directa de Venus
mi diosa griega, 
la escultura sobresaliente de mármol. 

M, mis labios se sintonizan como los nuestros, 
O, con la boca entreabierta y apasionada 
N, siento como mi lengua acaricia suavemente mi paladar 
I, como una sonrisa abierta, llena, pura. 
C, desde la garganta, desde el alma, desde el centro. 
A, termina como un suspiro.  

Tan solo pronunciar tu nombre llena de erotismo mis sentidos, 
de pasión mi fonética. 
Grito tu nombre, 
lo suspiro, 
lo beso, 
lo bailo, 
lo lloro, 
lo amo, 
lo jadeo, 
lo abrazo, 
lo pronuncio. 

Mónica, llenaré libros con tu nombre, 
Mónica, lo suspiraré todos los días. 
Mónica, lo diré tantas veces como las pecas que adornan tu cuerpo. 
Hasta que mis labios aún pronuncien sonidos, 
pronunciaré tu nombre y lo sentiré salir desde el centro. 

Y cuando te lea estos versos, 
que son simpleza en comparación con tu alma, 
tu cuerpo, 
la vida que habitas
cuando te lea los versos sentiré como nuevas rimas salen de tu cuerpo 
y se siembran en el mío 
y es que brotas arte 
y es que brotas de tu cuerpo, poesía. 







viernes, 4 de octubre de 2013

De filias y aberraciones

Filias
Aberran todos el creciente monte de mi pantalón,
La humedad entre mis piernas cerradas,
palpitantes.
Cierro los ojos, quiero entrar al escondite.
Cierro los ojos para no compartir la fantasía
Fantasía prohibida.
Son los cuerpos acostados en su propia vergüenza,
en la esquina
en el rincón más oscuro de la mente.

I.  Rumear 

Recostado a la orilla de la ventana,
siempre a las cuatro y cuarenta
corren todas en cuatro patas sobre el pasto.
El pasto húmedo retuerce mi imaginación;
Hay una, siempre hay una
Hay una de pelaje suave y blanqueado,
manchada,
sucia.
La imaginación vuela y yo me retuerzo con ella.
Fertilizó el pasto que entra en sus rumiantes bocas
Me siento a esperar hasta que llegue ella
sucia
lo mastica y lo vuelve a tragar.
Exploto.

II. Nylon 

Tan solo me interesan tus medias de nylon.
El sonido del nylon sobre tus muslos,
no son ellos,
son tus medias.
Y así mi mano viaja ida y vuelta al Monte de Venus.
Tratas de montarme,
tratas de explorarme
y yo solo quiero tus medias de nylon,
su sonido
sus fibras sobre mi piel.
Cierro los ojos
Habito las pieles de nylon
Vuelvo en un beso
¿Cómo te atreves a besarme?
¿No sabes que solo quiero tu nylon ahogando mi garganta?

III. Ilegal 

El viento cortaba el mecer de las hamacas
Soplaba el interior de mi sotana
Ya lo había visto,
suave, pequeño
del tamaño justo.
Lo había visto correr y gritar.
Era del tamaño justo

Dios no me perdonaría
Pero, el fuego me sofocaba
dentro del sacramento.

Su rostro era sagrado
y yo ya había crecido,
Era hora de abandonar el lugar de juegos
Era hora de ir al recinto de mi vergüenza

Mis deseos explotan,
silenciosos,
sofocantes,
inmortales.

IV Cleveland Steamer  

Su ano.
Su ano es igual a todos
Mas, no lo que sale de él
Fruncido
Apretado
No puedo más.
La respiración se acelera
Su olor putrefacto me alimenta la piel
los sentidos,
el sexo,
la mente.
Me preguntó si su sabor me haría reventar,
mis pulsaciones resuenan.
Al fin sale,
todo termina
Siempre todo termina,
atormentándome.

V. Cicatrices de cuero 

El calor de la habitación me inunda,
ya no soy la misma,
siento mi mirada cambiar;
siento mis labios saboreando anticipado el manjar.
Ya no te veo,
¿Dónde te has ido?
En tu lugar solo veo un objeto de mi placer, una presa sexual, un desecho
Te lo has ganado, los gritos resuenan y me llenan;
Mis manos, como garras, jalando tu cabello,
te obligan a girar
Tus nalgas en mi poder,
tu cuerpo entero retorciéndose
bajo el látigo, las cicatrices se calientan
igual que el flujo que humedece mis piernas,
Me ruegas;
y yo solo puedo esperar el momento que una lágrima de dolor caiga de tus pestañas
Tus pezones rosados, levantados
¿Cómo vas a decir que no, cuando se que te gusta?
Los veo oscurecerse bajo mis dedos, presionándolos,
retorciéndolos
Ya no puedo más,
¡llora maldita, llora!
Mi mano vuela hasta tu garganta,
se resbalan las lágrimas en el maquillaje
y ambas terminamos en temblores.


VI. Ojos. 

La vista,
los ojos abiertos,
habían ranuras en la puerta,
la vista,
la vista me hace suspirar
mi mano viaja debajo del pantalón
Mientras los amantes se revuelcan,
en las sábanas,
en el suelo,
en mis ojos.
Amantes, uno, dos, tres
Mujeres, hombres
jadeantes, sudorosos
sin saber que complacen mis deseos,
sin saber que explotó y crezco
de la vista, hacia adentro.

VII. Gabardina abierta 

Cuando las flechas marcan el otro lado del reloj,
la noche viste los callejones, las calles, los autobuses;
es la hora de satisfacernos a todos
y así siento la verguenza crecer en mi cuerpo,
la cubro con la gabardina negra de todos los días;
si estas paredes hablarán,
las acabó de silenciar con el llavin cerrado
Y hoy es noche de soledad,
de finales de turno,
de medias de nylon y tacones resonando en la noche;
hoy es noche de neblina y la gabardina negra.
Allá venía la primera de la noche,
era solo un botón que soltar
la vergüenza salto a la luz y creció con el grito sordo de su femenina voz.
Corrió y eso me llenó un poco más.
Desde el parque, en el autobús,
Todas gritaban,
tenía el control,
ya no debía sentir vergüenza:
Me temían,
hasta que la luz del sol les cubría la cara;
era hora de terminar encorvado,
en una esquina de la pared silenciada.

Épilogue
No hay esquina,
no hay salida,
no hay gritos que calmen estos pensamientos.

Al final, todos se rinden,
todos jadeamos,
nos retorcemos y los ahogamos
Y la ahogan,
la vergüenza,
fluye desde el vientre,
desde abajo,
desde adentro,
inundando el cuerpo.




domingo, 8 de septiembre de 2013

Sin censura

Tus labios se aferran a mi,
mis párpados se cierran al ritmo de los movimientos de tu mano
tu mano que ya traza las curvas de mis caderas.

Mi mirada te busca con los ojos cerrados,
y mi respiración jadeante se une con las contracciones de mi cuerpo.
Es como si buscaras con la boca algún objeto perdido en los rincones de mi piel.

Y al fin mi mirada te encuentra, encuentra tus pechos levantados,
esos senos que se levantan mirándome,
los senos claros y estrellados en lunares,
palpitantes,
endurecidos,
erectos.

Te hablo así, así como si tuviera tus piernas encerrando mi rostro,
¿Quién dice que tenemos que callarnos en poemas?
Si casi puedo oír tus gemidos ahogados dentro de mis estrofas,
si puedo sentir tu aliento rogarme debajo de las sábanas
¿Cómo podría censurar tus suplicas?

Ya siento tu calor en mi vientre,
he vuelto a ver hacía arriba, para ver a Venus a la cara
Y sentir en mis manos apretadas las caderas de la misma Afrodita
Pero, ver en tus ojos la mirada de una mujer de no tan buena reputación.
Deslizo mi mano hacia arriba, tus senos,
tu vientre,
desbordándose en mis manos.

Nos fundimos,
nos hemos sincronizado en movimientos, en explosiones
hemos viajado una encima de la otra,
de la cama al piso,
del piso al paraíso
y del paraíso a envolvernos en las llamas del infierno.

Mis manos se enredan en tu cabello,
y mis dedos se deslizan por tu espalda,
las marcas ahora se avivan quemándote la espalda y las nalgas.

Y cuando terminas de retorcerte,
de intentar tomar de nuevo un poco de aire,
cuando tu voz termina de dejar escapar gemidos entrecortados
nos fundimos en un largo abrazo,
cierras tus ojos y viajas por tu inconsciencia.

Y aún en tu inconsciencia mis manos se atreven a buscarte,
se atreven a deslizarse entre tus piernas,
y entre la fina línea que divide la inconsciencia del mundo real
dejas salir los gemidos de tu boca, con los ojos cerrados
¿Acaso es esto un crimen?
Si aún puedo ver que soy la dueña de tus fantasías oníricas más decadentes,
Al fin y al cabo hay una delgada línea entre tu viaje onírico y mi mano entre tus piernas
Y ahora despiertas en un gemido
y tus labios se aferran a mi,
haciendo que mis ojos se cierren en un suspiro.

domingo, 16 de junio de 2013

Renaciendo

Para Mónica Segura, mi otra mitad.
Crecía adentro, sola
Sola, nací una tarde en setiembre.
Por mi camino siempre encontraba personas, algunas se quedaban, otras desaparecieron con el tiempo.
Sola, volví a crecer, aún sola, pero afuera.

Fue el día en que mire tus ojos dormidos, dormidos de tantos sueños
Una mirada color almendra.
Un domingo por la tarde, miré tus pecas y lo comprendí.
Había nacido sola, se cuenta que el ser nace una única vez.
Pero, ahí estaba yo, renaciendo entre tus brazos y renacía al recorrer tu espalda con mis dedos.
Y era en ese momento, con tus labios sobre los míos.
Fue en ese momento que recupere la mitad que había hecho falta al nacer, esa tarde en setiembre.
Y ahora renazco cada día, sobre las hermosas curvas de tu cuerpo.
Renazco en los momentos cálidos, envuelta en tu piel y tu aliento.
Renazco en cada beso, en cada palabra que sale de tu boca y en los pensamientos que escapan de tu mente.

Nací sola una tarde de setiembre
Crecí sola, con el paso de la gente
Nací sola, hasta un domingo de tarde soleada.
Pensaba haber nacido, nacer una única vez, cual ser mortal.
Hasta que ese día, tu mirada me hizo renacer.
Pensé haber renacido, hasta que me di cuenta
Que renacería a su lado, cada mañana de esta vida.



sábado, 11 de mayo de 2013

Versos de las penas evaporadas


Tenía mil razones para llorar cuando puse mi cabeza sobre tu pecho
El calor me invadía de pronto, nacía en tu pecho y viajaba entre las fibras de mi cuerpo
De pronto, las mil lágrimas que quise derramar se convertían en miradas, miraba tus ojos penetrantes desde abajo, desde tu pecho.

Esa mirada, los dos ojos que me tomaron cautiva, cafés; brillantes, amorosos.
Esa mirada que evapora mis penas; las evapora en aire con olor a vainilla, con aroma a caricias.
Esa mirada me mantiene prisionera, en esta prisión donde es imposible la soledad, el abandono o la angustia.
En esta prisión me siento libre, aunque pudiera escaparme de esos ojos brillantes, nunca lo haría.
Como brillan, como me enternecen el alma, como hacen que mis penas se diluyan entre mis dedos.

Me abrazas, y me besas la frente.
Me prestas tu pecho como un lecho de descanso, con olor a vainilla con paraíso.
Así se debería sentir , si algún día nosotros; mortales, lo pudiéramos alcanzar.
Es solo una palabra, un pensamiento; basta con que se escape un poco de tu esencia para calmar mi alma.

Te miró y me pierdo en una ráfaga de sueños, ahí tan hermosa, tan sublime viviendo en un mundo de mortales.
Vos, tan sobrenatural, dentro de un mundo normal y monótono
dibujando atardeceres dondequiera que me llevas de tu mano.

Y yo, a veces tan mortal; pero, aún así siendo el objeto de tu amor y tus caricias
siento como brota la fortuna sobre mi cuerpo.
Vos, tan omnipresente; haciéndome sentir tu amor en todo momento y cada fibra de mi piel.

Tan solo deseo que siempre sientas mi mano sobre la tuya, aún cuando la mía descanse lejos; pero siempre deseando estar sobre tu cuerpo.
Deseo que en la mañana, cuando los primeros rayos de sol iluminen tu rostro, tu alma se sienta enamorada.
Tan solo deseo dibujar en ti sonrisas, deshacer tus penas en atardeceres y fundirnos en un abrazo eterno, que no nos dejemos ir nunca, aún al estar a kilómetros de distancia.
Solo deseo poder convertir esas mil razones para llorar, en mil lágrimas de alegría en tu mirada; tu mirada brillante y amorosa.



miércoles, 8 de mayo de 2013

El estereotipo del cuerpo femenino y la revolución feminista


Según estadísticas de la Renfrew Center Foundation, una fundación dedicada a trabajar con personas que padecen de trastornos alimenticios, 1 de cada 5 mujeres sufren o han sufrido de algún trastorno alimenticio, los trastornos alimenticios tienen el mayor índice de mortalidad que cualquier otra enfermedad mental; las estadísticas también muestran que es cada vez más temprano que las mujeres empiezan a experimentar rechazo por sus propios cuerpos, ya que el 50% de las niñas de 11 y 13 años se consideran con sobrepeso.

Lo más preocupante de estos números, es que detrás de ellos hay una mujer; una mujer con un gran potencial encerrado en una prisión de pensamientos negativos, una mujer que ha ideado distintas formas de “escapar” de su cuerpo; de la herramienta de trabajo que está más a su alcance, de su hogar y de lo que más la representa, sus habilidades y talentos.
Las estadísticas son escalofriantes y desoladoras y más allá de pensar que estas mujeres deben ser curadas de sus enfermedades, es necesario curarnos cada uno de nosotros; nuestro pensamiento, en general en una sociedad que nos ha enseñado a odiarnos, a que sencillamente nunca podríamos ser “suficientes”.

Somos y hemos sido por muchos años, los y las hijos e hijas de una sociedad enferma. Podría encontrar en mi alrededor mientras escribo, al menos tres revistas que reproduzcan estereotipos de género, ninguna portada que retrate una mujer diferente a la típica mujer europea, al encender la televisión encontraré anuncios que me digan cual es mi papel como mujer, que debo comprar para ser bonita y me recomienden batidos, ejercicios, dietas, aparatos y fajas para ser delgada; además cuando empiece el programa retratarán a una mujer sumisa, compradora compulsiva y estereotipada.

Analicemos el día de una mujer;  una mujer que se levanta en la mañana a ver el periódico y ve en su portada a otra mujer, con poca ropa; una sonrisa vacía y probablemente unos cientos de retoques en "photoshop", a la par de las relevantes noticias nacionales; así a un lado como un sedante, o un distractor político.
Se alista para ir a hacer sus actividades, y se tiene que mirar en el espejo; sí, se tiene que mirar en el espejo, porque el espejo está ahí, mirándola a ella.
Se desnuda y se da cuenta que no es la modelo europea que acaba de ver en la estantería de revistas anunciando un perfume, o que no tiene las siliconadas tetas de la mujer en el anuncio de llantas; en lugar de eso se encuentra un par de prominentes rollos de grasa en su estómago, una nueva estría y unos muslos "demasiado grandes".

Estos pequeños detalles, no imperfecciones como nos han enseñado; solo detalles, características propias de nuestro cuerpo femenino, algunas de nosotras podríamos ver que nuestros ojos hermosos  funcionan a la perfección,  en ves ver piernas que nos permiten bailar y caminar; vemos piernas demasiado gruesas, ignoramos las manos con las que podemos crear y el reflejo que nos mira al otro lado del espejo, deja de ser un arma para salir adelante; un instrumento de trabajo, nuestro caparazón, nuestro hogar; para terminar siendo un calvario, “algo” que necesita ser escondido y en el mejor de los casos “cambiado”.

Luego de esta mezcla de pensamientos acerca de su cuerpo, la mujer en cuestión, busca entre su ropa algo que le permita esconder, lo que ella cree, son defectos y acentuar, lo que fue enseñada, ser sus virtudes; se pinta la cara con toneladas de maquillaje, porque se noto algunas marcas y se sube el escote, porque tiene que pasar por alguna calle transitada y no quiere escuchar hombres silbando o diciéndole groserías o en el peor de los casos tocándola sin su autorización.

Y es que, no somos solo las mujeres, quienes hemos sido condicionadas por la sociedad enferma y contaminada; los hombres también han sido afectados. Desde niños, se les enseña a ver a la mujer como un objeto, en la publicidad, dentro de las familias; como la “ama de casa”, tienen acceso a material sexual en el que se retrata a la mujer como un objeto que debe estar al alcance del hombre cuando él lo requiera; se le dicta que debe ser fuerte, que debe ser protector y proveedor, debe tener mujeres sumisas; si tenerlas, poseerlas como si se pudieran comprar y acomodarlas en un estante de la casa.

Luego, la mujer de nuestra historia; debe caminar insegura, a paso rápido, con la mano atrás en las nalgas; como me enseño mi mamá alguna vez a caminar, llegar a un trabajo donde, probablemente y como muestran los números sea discriminada, su voz sea enmudecida y reciba una recompensa económica menor a la que reciben sus compañeros hombres.
Es comprensible, que al llegar a casa, quiera leer todas las etiquetas de los alimentos que va a consumir, porque tal vez la mujer de la portada de la revista de la tienda; esa mujer europea con huesos prominentes, tal vez sus ideas si sean valoradas, al fin y al cabo figura en la portada de una importante revista.

La sociedad nos mata diariamente, niñas, adolescentes y adultas indiscriminadamente mueren a causa de trastornos alimenticios, de violencia de género, suicidio y otros cientos de males provocados por una sociedad que nos dice cómo debemos de vernos, actuar y pensar; nos enferma y nos destruye; y esencialmente nos suministra anestesia para ignorar nuestro alrededor.

El sistema es cruel, pero, funciona. Nos retratan al estereotipo de un cuerpo femenino, que en su gran mayoría ninguna de nosotras podría alcanzar, nos distraemos tanto en la forma en que lucen nuestro cuerpo que olvidamos, que hemos sido condicionadas y como  resultado del plan perfecto del sistema; olvidamos que esos cuerpos son las verdaderas herramientas que tenemos, que ese cuerpo sirve para comunicar y para trabajar, que ese es nuestro cuerpo y esa es su forma, nos ocupan tanto el pensamiento en los “cambios” que debemos hacerle que nos permitimos olvidar el cambio verdaderamente grande e importante que podemos hacer con ellos.
Como colectivo femenino, hemos sido discriminadas a lo largo de la historia, retratadas como personas “tontas”, sin nada importante que decir, como mujeres, hemos sido silenciadas, usadas como objetos para la publicidad y como compradoras compulsivas de artículos que nos ayuden a bajar de peso o a eliminar aquellos “defectos” que la sociedad nos ha enseñado que tenemos, hemos sido condicionadas a utilizar los servicios médicos para extraer grasa de “lugares incómodos”, para comprar fajas, maquillaje y todo aquel producto que se autoproclame como útil para modelar nuestros cuerpos en el estereotipado y alterado cuerpo de mujer de revista.

Sin embargo,hay un arma  poderosa, está a nuestro alcance, más cerca de lo que podemos llegar a creer; habita dentro de nosotras y es la mayor arma para empezar la revolución femenina,es la aceptación de nuestros propios cuerpos.
Creo fielmente, que el primer paso para iniciar la revolución femenina, de la cual tantas libertadoras han soñado y muchas de nosotras también hemos soñado; es empezar a aceptar nuestros cuerpos, ellos son nuestras armas más poderosas. Una mujer que se ama a sí misma y que acepta a su cuerpo es peligrosa; es una verdadera amenaza al sistema.
Una mujer que se ama a sí misma, empieza a explorar su propia sexualidad; deja de comprar tantos libros de dietas e instrumentos para bajar de peso, se empieza a preocupar más por los temas políticos a su alrededor que por los carbohidratos de su comida, empieza a hablar y callar menos, se viste como ella desea y esto es una amenaza al sistema en el que vivimos y un alma letal para el patriarcado.

Una mujer que se ama a sí misma, es lo que puede acabar con el sistema y la sociedad en la que vivimos, esa sociedad asesina; esa sociedad que nos mantiene enfermas y prisioneras.
Es la hora, de romper con los esquemas y constructos sociales de belleza, es la hora de dejar de sabotear a nuestras hermanas mujeres, dejar de ser crueles y atacar sus cuerpos, es la hora de unirnos como colectivo femenino y hacer que los esfuerzos de nuestras hermanas que nos precedieron valgan la pena, es la hora de empezar a pensar por nosotras mismas, es la hora de educar a las niñas en el amor a su propio cuerpo, a la diversidad que hay en ellos, es la hora de enseñarles lo que son capaces de hacer, es la hora de enseñarles su belleza y potencial.

Es la hora de mirarnos al espejo y ver un cuerpo, un cuerpo hermoso y funcional, un cuerpo capaz de hacer cosas que no podemos imaginar, un cuerpo capaz de comunicar ideas y una mente capaz de ignorar el bombardeo constante de una sociedad enferma, para poder curarse a sí misa y ayudar a otras hermanas a curarse también.
Sí todas las mujeres pudiéramos, hablando a modo de utopía, estar satisfechas con las formas de nuestros cuerpos, la forma en que cada rollito significa una cena con amigas, en que esa estría significan los cambios por los que atravezamos en la adolescencia, ese vello corporal nos hace humanas, de que esas arrugas son años de sabiduría; en la medida en que todas nosotras entendiéramos eso, al sistema no le quedarían objetos, no le quedaría a quién venderle los métodos para adelgazar, las tantas cirugías plásticas o las cremas anti celulitis.

Si algún día todas pudiéramos amarnos a nosotras mismas, podríamos sacar a lucir la fortaleza y belleza de nuestros cuerpos y de nuestras mentes y al fin poder venos al espejo con una mirada satisfecha y así, algún día la enferma sociedad se quedaría sin público a quién enfermar y el sistema sin mujeres a quienes engañar y por fin habríamos logrado el cambio por el cual hemos luchado tanto.
Parece una irrealidad pensar que con solo amarnos y aceptarnos a nosotras mismas, podemos lograr que los problemas con temática de género desaparezcan; y probablemente sea cierto, pero, en la medida de que nos aceptemos y nos demos cuenta del verdadero poder de cambio que tenemos, podemos actuar y visibilizarnos y el cambio, no será tan irreal después de todo.

El cambio empieza desde nosotras mismas, un cambio que nos ayuda desde ser más felices, hasta prevenir muertes. ¿Estas preparada para iniciar la revolución desde la intimidad de tu espejo?

lunes, 25 de marzo de 2013

Instinto Animal


Puedo vivir entre sus labios, 
sintiendo la feroz explosión bajo mi vientre,
puedo sentirme humedecida, tan solo con una palabra de tus labios, o una mirada
tan sumisa como voraz, tan inocente como deseosa. 

Puedo alimentarme, al ver sus curvas balancearse, rozando mi piel desnuda
Sus piernas entre mis piernas, nuestra piel humedecida por tu esencia, por nuestra esencia.
Nuestra esencia que se mezcla, entre gotas de sudor, entre muslos y senos. 

Su espalda se arquea contra la pared,
mientras mis labios descubren los rincones de tu cuello,
mi lengua sigue el camino de placer
te descubro, insaciable, los alrededores de tu oído
que me incitan clamar tu nombre. 

La escucho, jadeante 
su respiración rápida, agitando su cuerpo
siento sus pezones bajo mi mano levantarse.
Y mis labios los buscan, y mi lengua los tienta
y mis manos bruscamente los retuercen. 

Poco a poco, abandono mi cuerpo
Mi mirada no se siente la misma,
soy una mujer insaciable, violenta, erótica.
Ante su piel iluminada por unos reflejos del sol que entran por la ventana, 
me convierto en la fiera velando a mi presa. 

Ella lo sabe y la desesperación se sale por su mirada
me grita, me incita, me busca y me dice.
Su cuerpo lo sabe y tiembla al ver los ojos de su depredadora. 

La tomo de los giros de su cadera, 
de su suave piel, a punto de convertirse en mi presa.
Ahora está en el suelo, deseosa, abierta y rebosante. 

El olor de su esencia me llama, como a un animal en celo los llaman las feromonas,
 me abren el apetito, me desesperan el vientre, las entrañas
empiezo a trazar rutas por su cuerpo, hasta llegar al manjar
lo busco con la boca, con los labios, con los dedos. 
Sus gemidos, son como un canto de apareamiento, 
me terminan de sacar la bestia, el instinto animal. 

Ella está a flor de piel, retorciéndose, gritando
se mueve y mi animal interno se apodera
no la dejo, la busco, busco hacerla rendirse. 

Estamos en el clímax, sus contracciones me lo dicen
su rostro me lo indica, sudoroso, hambriento, rendido ante mi 
siento como mi mandíbula se mueve al observarla tan vulnerable.

Los espasmos me lo indican, 
los espasmos que empiezan desde sus piernas,
su vientre, sus brazos.
se mueve como si se aferrara a lo único que queda de su fuerza voluntad. 
Es muy tarde, el placer domina su dulce cuerpo 
Su cuerpo se desata en un mar de temblores, gritos y exhalaciones. 
Mi cuerpo no se puede dominar, ver a mi presa rendida es el pico máximo de placer, 
me humedezco y siento como mi cuerpo cambia, pidiendo, hambriento, terminar de ser satisfecho.

A pesar de ser comida por mi presa, aún soy la depredadora
siento su boca como traza caminos sobre mi piel,
es el paraíso, se enciende el placer en cada una de las fibras de mi piel.
Pienso que, su lengua debería ser una divinidad,
O un santo aprobado por el Vaticano.
Abro los ojos de vez en cuando solo para verla arrodillada frente a mis piernas abiertas.

Ahora lo siento venir, un espasmo que empieza desde el alma, 
baja por el vientre, me desgarra el cuerpo, 
mi animal se despierta feroz y quiere salir de mi cuerpo, 
tembloroso y húmedo. 

Observo su mirada satisfecha y ella observa la mía, 
poco a poco siento como mi instinto de animal en celo, no se duerme, solo se guarda por momentos
puedo ahora, ver su cuerpo sublime iluminado por unos rayos de luz
nos abrazamos, mojadas, sudorosas, temblorosas y satisfechas
con una mirada cómplice y con los cuerpos desnudos.
Observando la belleza de la desnudez femenina. 

Nos miramos a los ojos, 
conozco esa mirada insaciable 
le correspondo su mirada y su cuerpo empieza a rozar el mío 
se posa encima y mi instinto animal se reactiva. 

Angus Dei


Mientras daba vueltas en la cama, sentí la necesidad de entrar calladamente a la capilla del convento, sin advertirle a nadie de mi presencia en el lugar, tan solo necesitaba unos minutos a solas y parecía que aquella noche lluviosa era el momento perfecto de conocer  la capilla.
Había pasado solamente dos noches aquí, pero habían sido las peores noches de mi vida; dormíamos en un solo cuarto con varias camas en fila, junto al resto de las novicias. Algunas pasaban la noche sollozando, leyendo la biblia con la molesta luz de sus lámparas de mesa o en algunos casos, dejando salir tímidos gemidos de sus bocas, con el placer escondido bajo las sábanas.

Logré levantarme de la cama, sin despertar a ninguna de las otras.
Al salir del cuarto, debía atravesar un largo pasillo para llegar a las puertas de la capilla, que permanecían abiertas para aquellos que quisieran visitar este lugar.
Caminé el largo y oscuro pasillo, con pasos silenciosos, atravesando las puertas hacía los dormitorios de las otras hermanas y el jardín interno del centro, lleno de rosales sin cuidar; que esta noche eran regados por el agua de lluvia.

Finalmente, llegué a la capilla, era un lugar tan sublime, tan silencioso, tan calmado que me aterrorizó en el instante que puse un pie en el mosaico del piso. Sentí como todos los vellos de mi cuerpo se levantaban, como se me cerraba la garganta y no me dejaba respirar. Mi primer impulso fue salir corriendo del lugar, la pesadez en mi pecho era insoportable.
Caí sentada en la banca, prendí la lámpara que llevaba en la mano y traté de hacer respiraciones profundas, poco a poco la pesadez en mi pecho se fue aliviando y pude ponerme de pie. Me persigne y seguí mi recorrido, debía recordar que en ese lugar vivía Dios y nada impuro podía estar pasando en ese lugar.

Cuando pude alumbrar el lugar, pude verlo mejor, el mosaico del piso se veía un poco descuidado y bastante viejo, era gris, tenía dos filas de bancas de madera perfectamente alineadas, las paredes eran altas y las adornaban una serie de vitrales, al observarlos me di cuenta que era el relato de la creación del hombre; empezando desde un Dios creando un hombre alto y fornido, luego sacando su costilla para crear una mujer delgada, pelirroja y delicada hasta terminar en el último vitral llegando al altar, la expulsión de los primeros hijos de Dios del Jardín de Edén.

Entre las dos filas de bancas, se podía observar una larga alfombra roja extendida desde la entrada, hasta llegar al altar que estaba levantado por dos gradas, en los alrededores de la iglesia, había varias imágenes. 

Algunas de figuras femeninas de María, llorando por su hijo muerto en la cruz, alzando a su niño Jesús en brazos, algunos de otros santos y por supuesto, en el fondo de la iglesia, en el altar un Jesús con los brazos abiertos en la cruz, brotando sangre por sus extremidades, con cara de agonía, observando a todos los feligreses en misa.
Subí al altar y me arrodillé en señal de respeto; prendí las candelas de la veladora que estaba encima del altar. Me puse de pie  tuve la sensación más horrible que haya experimentado jamás, fue tanta impresión, que volví a caer; esta vez al suelo del altar, sin fuerzas y sin respiración.

Cuando me sentí recuperada, traté de ponerme de pie apoyándome de una imagen que no había visto todavía, pero la sentí al caer. Sin embargo, cuando puse mi mano sobre ella; los vellos de mi cuerpo se erizaron y sentí un frío desgarrador recorrer toda mi espina dorsal; mientras sentía que la mano que tocaba la imagen se quemaba del calor que la invadía, la quité por reflejo de la superficie y me levanté sacando las fuerzas del terror en el que estaba sumergida, desde la cabeza hasta la punta de los pies.

La vi, la vi a la misma altura que yo, pero tenía la sensación de que la estaba viendo todavía desde el piso, temblando. Era imponente, era perfectamente esculpida y era desgarradora. Vestía un largo hábito, su posición reflejaba dolor y miedo, pero su expresión facial, su expresión facial hizo que sintiera aquel frío en mi espina expandirse por todo mi cuerpo.

Era la expresión facial más horrible y aterradora que alguien en su vida mortal pueda ver, era como ver al ángel de Satanás más plácidamente dormido.
 Sus ojos estaban cerrados y aun así podía sentir su mirada fijamente en mi cara horrorizada y sus labios estaban levemente caídos en una mueca que hacía a cualquiera temer por su vida. Verla a los ojos, esa primera vez, fue en mi vida como ver el rostro de la agonía y la maldad humana.

Después de unos segundos de no poder moverme, apagué la veladora, y corrí como nunca lo había hecho por el pasillo, con un grito asfixiando mi garganta, apagué la luz y recuperando el aliento, me envolví bajo las sábanas; viendo el techo del dormitorio en un estado de horror; hasta que los primeras rayos de sol llegaron a iluminar mi cara.




Me senté en el comedor que compartíamos todas las hermanas de la orden y luego de rezar durante media hora, consumimos nuestros humildes y fríos alimentos. Todas se miraban de frente, pero ninguna decía nada; todo parecía normal, pero, el episodio de anoche no dejaba de dar vueltas por mi cabeza.

Luego del desayuno a las novicias se nos llevaba a un lugar donde nos impartían algunas lecciones, allí nos encontramos al Padre Jaubert, de origen francés; que según cuentan todas había pasado más de treinta años instruyendo novicias para convertirse en su vida religiosa, ya lo conocía desde los quince años. Sin embargo, me obligó a presentarme a la clase.

-Mi nombre es Aurora, la hermana Aurora; y mi nombre cristiano es Magdalena. Decidí convertirme a la vida religiosa desde una edad muy temprana, cuando me gustaba ayudar en la misa y las procesiones, cuando salí del colegio entré al seminario y desde ahí esto se ha convertido en mi sueño.- le dije a toda la clase, tratando de sonar lo más convincente posible; intercambiando una mirada asustada con el Padre Jacques.  

La verdad no era esa, mi historia era mucho más larga y pecaminosa; y realmente nunca la había confesado, aunque muchos la sabían.
La vocación religiosa nunca llego a mí, es cierto que me gustaba ir a la misa, escuchar los sermones, observar a las mujeres fingir su llanto en las procesiones y recoger los diezmos cuando era niña. Mi familia era una familia muy católica, mi madre se casó a los dieciocho años con mi padre y me tuvieron a mí y a mis cuatro hermanos; siempre educados bajo los principios cristianos y bíblicos; siempre había sido la adoración de mis padres hasta que Amelie cambió mi vida.
Tenía catorce años cuando la conocí, era un domingo en la misa de primera hora, cuando llegue a ayudarle al padre, como monaguilla de la iglesia del pueblo, en esos tiempos ni siquiera se nos llamaba así, si no que solo ayudantes y teníamos prohibido acercarnos al altar, porque eso era una labor de hombres. Llegué ese domingo temprano y nunca voy a olvidar cuando vi a Amelie en la ropa de ayudante de la misa, era lo más sagrado que pude observar ese día en la iglesia; que mis ojos hubieran observado nunca.

Tenía la piel color blanco, como una antigua muñeca de porcelana, lo que podía ver de su piel estaba adornado por pecas de un tono más oscuro, las pecas le daban un tinte inocente que la expresión de su cara luego negaba; tenía unos labios rellenos , que casi podían saborearse con solo mirarlos y un par de ojos cafés almendra; que negaban la inocencia de su cuerpo aunque estuviera cubierta del manto blanco y a la vez eran tan brillantes; desde esa primera vez que la vi en la iglesia nunca ha abandonado mi alma, ni mi memoria.
Pasé algunos domingos sin hablarle y negándome a mí misma lo que sentía mi alma y mi cuerpo por Amelie, quería negarme a mí misma que tenía un enamoramiento profundo por esa monaguilla, un año mayor que yo. Nunca había sentido nada por ningún hombre de la escuela, menos por una mujer, pero al ver a Amelie sentía que el estómago subía a mi garganta, sabía que no había mujer más hermosa en el mundo que ella y también, ambas sabíamos, lo que sentía era un pecado.

Uno de esos domingos, el sacerdote mandó a Amelie y a mi a sentarnos mientras  acomodaba el altar con los monaguillos. Me senté en una banca observando cada movimiento, dándome cuenta que aquella mujer tan solemne venía hacia mí y efectivamente se sentó a mi lado.
-¿Aurora, cierto?- me preguntó con aquellos hermosos y soñadores ojos cafés.
Le contesté con la cabeza y a partir de ahí, nos hicimos grandes amigas, aunque yo siempre escondía el secreto en lo más profundo de mi alma.
Aunque, bien se sabe, que muy pocos secretos se llevan hasta la muerte y el mío no fue uno de esos.
Fue en un convivio que hicieron unos meses después de habernos hecho íntimas amigas. Nos tocó dormir en el mismo cuarto, alejadas de los varones.
La noche entró en confianza, en su ambiente misterioso y secreto que tanto la caracteriza, nos dimos las buenas noches y cada una se acostó en su respectiva cama. Sin embargo, yo no podía dejar de dar vueltas, de pensar en cada detalle de su cuerpo, en su voz, en todas las cosas interesantes que me enseñaba durante el día y en todos los padrenuestros que tendría que rezar por estos pensamientos.

Mi momento de culpa se interrumpió al sentir la sábana levantarse y a Amelie meterse bajo las cobijas en mi cama, sentí su cuerpo apretado contra el mío y aunque la luz estaba apagada podía ver bajo el reflejo de unas candelas sus piernas blancas, con unos cuantos lunares descubiertas bajo una bata blanca.

Recuerdo que me abrazo, justificándose con un  “tengo frío” y yo baje mis manos hasta sus caderas, en un suave abrazo, nos miramos a la luz de las velas; sus labios estaban a unos cuantos momentos y caricias de chocar contra los míos.
Y pasó lo inevitable, y me enseñaron toda mi infancia que Dios se cubría los ojos y sin embargo, no encontré razones para no hacerlo. Sus hermosos y redondeados labios tocaron los míos; estaban un poco resecos por el frío y los humedecí en el beso, pude tocar su hermosa cabellera que siempre había podido oler y sentir en mi piel; pude tocarla con las manos, mientras mi lengua trazaba rutas en su boca y mi alma se llenaba de alegría, mi cuerpo de deseo y mi débil mente; de culpa.

Amanecimos abrazadas, y después de ese íntimo momento, tuvimos otros encuentros, recuerdo uno en especial en que su mano subió debajo de mi falda, mi cuerpo, mi alma y mi espíritu se sintieron en la mejor de las armonías en ese momento. Nos llevábamos tan bien y a pesar de que ambas sabíamos que no estaba bien a los ojos de la iglesia lo que hacíamos, era un sentimiento sagrado inevitable.

Pero, en verdad, los secretos son difíciles de mantener, más un secreto a voces como el nuestro, tan lleno de remordimiento y de sentimientos complicados. Todo lo que nos paso fue mi culpa y nunca he podido perdonármelo, hay tantos religiosos que viven una mentira, una vida alternativa, tantos trapos sucios; de los más sucios con niños involucrados. Una mentira como la nuestra, una vida secreta que no le hacía daño a nadie, pero la culpa me ahogaba todas las noches; entre su aroma y la culpabilidad del engaño sentía que ya no tenía fuerzas para  vivir.

Un domingo, llegué más temprano que Amelie a misa, me arrodillé y le pedí al padre que me confesara, le conté todo con detalles y sentimientos, su silencio lo dije todo; me dijo mi penitencia con un tono serio y para cuando llegué a mi casa, era demasiado tarde, mis cosas estaban empacadas, mis padres me desconocieron como hija; Amelie estaba en la puerta de mi casa con su madre soltera; ambas llorando. Jamás me podré perdonar la última vez que vi a mi Amelie con un golpe en la cara y llena de lágrimas, nos informaron que íbamos a tener destinos muy diferentes. Yo iría al seminario de las hermanas Carmelitas, en un pueblo lejano de mi hogar y Amelie sería enviada a un internado en España, aún más lejos de mí.
No pudimos darnos un beso de despedida, ni siquiera una palabra; pero nuestro intercambio de miradas lo dijo todo.

Pasé cinco años en aquel seminario, en los que  aprendí a vivir sin ella, pero jamás a olvidarla, su rostro y su aroma jamás han abandonado mi memoria y si pudiera hacer algo diferente, hubiera huido con ella. Ahora todo estos arrepentimientos eran insignificantes, estaba a unos meses de hacer mis votos definitivos en ese lugar y aunque de vez en cuando cerraba los ojos para lograr transportarme a España por alguna fuerza sobrenatural, debía aceptarlo… Mi Amelie se había ido.




Aunque los días transcurrían con el mismo tempo, monotonía y tranquilidad que podría caracterizar una casa llena de religiosas, vírgenes, con el deseo sexual reprimido, el episodio nocturno de la imagen del altar, que había pasado hace tres noches  todavía invadía mis pesadillas, ahora no solo era el último recuerdo de Amelie el que atormentaba mi mente; también era el recuerdo de esa mujer que penetraba mi mirada, aún con los ojos cerrados.

Recuerdo esa noche, esa noche lo cambiaría todo, era una de esas noches en que no sabía ni que día de la semana era; eso era tan difícil de saber en un lugar donde se hacía todos los días lo mismo, pensaba y me retorcía en la cama, buscando un poco de adrenalina o algo que me hiciera sentir que aún estaba viva.
Cerré los ojos y bajé mi mano con el recuerdo de una Amelie de quince años en mi cabeza, pero, la imagen de la escultura de aquella noche apareció en mis recuerdos, sin querer irse; me llamaba, me suplicaba que fuera; era lo más interesante que había pasado en ese lugar y ahora sabía lo que tenía que hacer.

Salí de la cama, llevando en mi mano la lámpara y atravesando aquel pasillo oscuro; mirando hacia un lado las puertas de los cuartos de las hermanas y al otro lado el jardín de rosales sin cuidar. Entré de nuevo a la iglesia y el sentimiento me seguía invadiendo, aunque esta vez sabía que mi destino inevitable era terminar aterrada; pero al lado de la mujer de yeso que me llamaba.

Me puse de pie, si esta vez de pie, a su lado y volví a sentir que aunque estaba de pie a su lado ella me veía desde arriba, o podía ser desde abajo o desde todas direcciones. Su expresión de sufrimiento me hablaba, me decía que la tocara, que la sintiera. Le puse una mano encima del hábito, luego la otra y aunque sentía que me quemaba y que el terror me ahogaba necesitaba estar con ella, necesitaba que me hablará, que me dijera porque parecía que ella no podía abandonar mi mente ni mis recuerdos. 
Nunca me hablo, pero yo sabía que lo quería hacer aunque sus labios se hubieran sellado para siempre, la sentía ahora en mi alma, residía en mi pecho la esencia de la mujer de yeso, sentía su sufrimiento embargar hasta las últimas fibras felices que me quedaban de alma.

Desde ese día, cuando amaneció no pude ser la misma. Caminaba por los pasillos, con una mirada que hasta yo sabía que era descolorida, con la mirada en el piso, con el corazón en la mano, esa tristeza era ajena; aunque no sabía si también se sumaba a la mía.


Cerraba los ojos y aquella figura me estaba reprendiendo, esa mujer que ahora era parte de mí, me reprendía, me gritaba y me sollozaba que la ayudara.
La quería fuera de mí, pero me pertenecía tanto, esa tristeza que la embargaba sentía que era la mía propia; los pequeños recuerdos de la imagen de su rostro, ahora eran parte de mi memoria.
No entendía como ni porque hacer algo por una imagen de yeso en un altar, en ese momento no lo comprendía; pero lo innegable era que ahora ella residía en mí.

Fue solo después de unos días, en el estudio bíblico de la tarde, cuando me fui acercando a la respuesta. Estábamos en un grupo pequeño de novicias, en círculo leyendo los sermones de la biblia cuando entró Sor Mariana, con el Padre Jaubert a la par.

Los vi a ambos, por primera vez, luego de haberlos visto mil veces desde los primeros días del seminario. Los vi con mis otros ojos, ellos ya lo sabían y yo también; son muy pocos secretos los que se llevan a la tumba, ya lo había aprendido.

Podía ver al Padre clavar su mirada en la mía, él sabía y eso lo desesperaba, no soportó tan siquiera unos minutos junto a mí y abandono el salón con Sor Mariana tras él.
En la tarde, caminaba hacia el salón comedor, cuando sentí un toque en el hombro, que me produjo el mismo sentimiento de frío helado recorrer toda mi espina dorsal.

Me volví y crucé miradas con Sor Mariana, su mirada me advertía que ella  ya lo sabía y mi mirada le advertía que empezaría a gritar las injusticias que pasaban bajo sus hábitos y sotanas en cualquier momento, en esos cuartos, en esos confesionarios, encima de ese altar.
Sor Mariana era una de las líderes en el convento, tenía alrededor de cincuenta años y la mirada tosca; con esa misma mirada me invito, en una invitación muda casi forzada, a acompañarla a subir las escaleras.

Fue una caminata larga y silenciosa, hasta encontrarnos con un pequeño cuarto al final del pasillo. Sor Mariana metió la mano en silencio en el bolsillo de su hábito y sacando una gran llave oxidada abrió la puerta de madera, con un molesto chirrido; con una mano me invito a pasar, cerrando la puerta tras de mí.

Era una oficina silenciosa, vagamente iluminada. Observé la cruz encima del escritorio y las postales de santos en las demás paredes, pero, lo que más me llamo la atención fue que en el gran escritorio del centro, se encontraba sentado el Padre, que con un ademán tosco me invito a sentarme; cruzando miradas en total silencio.

Podía sentir como aquella mujer, dominaba todos mis sentidos en ese momento, ya no era solo yo; ni siquiera sentía mi verdadera esencia,  ella vivía en mí; dominaba mis impulsos, compartía los pensamientos atroces conmigo, tenía conciencia de su sufrimiento y del terrible miedo que la invadía, que me invadía, que nos invadía.
Sentía los recuerdos recorrer a lo largo de mi piel, invadir mi mente sin dejarla ir, jamás podría entender cómo alguien podría vivir con esta clase de recuerdos. Mis ojos lo veían, veían la maldad en su mirada, mis ojos; que en ese momento eran sus ojos, recordaban todo lo que alguna vez habíamos visto.

El Padre estiro su mano hasta alcanzar mi brazo y sujetarlo fuertemente.
-       Hemos tenido reportes de otras hermanas, de su comportamiento nocturno, no toleraremos más estas desobediencias, Aurora- me dijo mirándome, sin ningún tipo de remordimiento; me llamo por mi nombre aun sabiendo cual era mi verdadera identidad.
El recuerdo penetraba nuestra memoria, era el mismo Padre que a menudo se levantaba la sotana por encima de las rodillas, nos acostaba encima de nuestra espalda y nos penetraba hasta que en sus palabras “lloráramos nuestras culpas”.

Era el mismo recuerdo de una muchacha de quince años, recién llegada y totalmente asustada, llorando con la boca abierta; de rodillas librando sus culpas.
Ante todo, era la aclaración de todos mis males, era el mismo hombre que había cubierto de yeso nuestras memorias y las había encerrado en un altar para que nunca salieran a la luz, mientras se paraba ahí; a la par de su escultura de yeso y predicaba un sermón a una multitud que tan solo oía y asentía e ignoraban los gritos ahogados de una escultura retorciéndose de dolor en el altar.


Me acostó encima del polvoriento escritorio a la luz de las velas, subió mi hábito que prometía la castidad y subiendo su sotana, me penetro en nombre de Dios. Sabía que esta era la última vez, ahora lo sabía, esta iba a ser la última vez.

Sor Mariana miraba el acto desde atrás del Padre y yo miraba mi cuerpo ser reducido a ese punto desde lo alto del techo, podía mirar mi cuerpo desde arriba y a pesar del dolor, sabía que en unos minutos todo terminaría y esa, efectivamente iba a ser la última vez.
Regresé a mi cuerpo cuando me termino de limpiar y me bajo el hábito; me hizo la misma advertencia de siempre; que no le dijera a nadie porque podía arder en el infierno por siempre; mas él no sabía que estaba a punto de conocerlo en carne propia.

Salí, con una actitud sumisa como siempre, fui capaz de aguantar el resto del día sin decir una palabra; hasta que fuimos despedidas a nuestros cuartos.
Logré hacer todo el teatro, ponerme la bata de dormir, esperar a que todas las demás estuvieran despiertas y finalmente desaparecer para siempre y conmigo todas las memorias y con ellas, la mujer de yeso.

Hice un último recorrido hacia la iglesia, por esos pasillos oscuros, dejando en ellos los últimos pasajes bíblicos, las últimas plegarias y finalmente frente a las puertas de la iglesia la poca fe en Dios que me quedaba.

Entré con paso decidido, no había vuelta atrás, después de toda la desesperación, después de toda la decepción no había vuelta atrás.
La miré y ya no me decía nada, su mirada solo parecía darme un guiño de complicidad, fue más duro de lo que pensé. La dama de yeso  era parte de mí y, sin embargo, verla destrozada liberó mi alma.

Habían sido años de silencio, años de burlas, años de humillaciones y por fin, hoy todo estaba claro, verla caer me daba el coraje que necesitaba.
Agarré el candelabro que estaba a los pies del altar y prendí una a una las velas.
Así se veía el fuego purificador del que tanto hablaban, ese era el fuego que quemaría la inmundicia de esos pasillos; por fin comprendí que merecían ser quemados vivos, no en una vida futura de ilusión, si no en la vida presente, en la única; merecían tener el final fatal al que tanto le temían.

Decidí darle la apariencia de infierno, al lugar que ya lo era, purificar todas las perversiones que se escondían bajo las sotanas, las voces que callaban las pesadas puertas de madera, las camas en las que reposaban los cuerpos de santos hipócritas y quemar para siempre nuestros restos de yeso.
Empecé por el altar y experimenté una gran satisfacción al sentir su calor ardiendo frente a mí, sentía que el humo estaba ahogando mis memorias y con el nacimiento de más llamas, el recuerdo de Amelie fue tomando forma dentro de mi mente, recuerdos más felices inundaban mi alma y la esperanza de la mirada de Amelie sobre la mía fue tomando forma.
Huía lo más rápido que podía, saltaba de alegría, todos lloraban, querían salir de ese lugar; algunos lograrían escapar, pero otros arderían para siempre.
Fui yo la primera en salir, no había nadie cuidando la entrada, todo fue más fácil de lo que sospeche y sabía que si lograba incendiar la parte trasera; que contenía el gas con el que funcionaba la cocina, muy poca suciedad podría quedar sin ser limpia mediante el fuego.
No dude en hacerlo, todos estaban tan alarmados con el incendio de la iglesia, que nadie se percató de mi ausencia y muy pocos podrían salir de las explosiones del contenedor de gas; todo fue muy rápido y sin remordimiento; logré escapar, tal vez por pura esperanza.
Corría lo más rápido que podía mientras planeaba mi huida. Me imaginaba la cara de Sor Mariana al percatarse que estaba quemándose lentamente, en el infierno que ella misma había creado.

Pero, lo que realmente me emocionaba, eran los gritos de sufrimiento del Padre, el momento en que se percatará que Dios nunca lo había escuchado, mientras se asfixiaba con el fuego y quedaba inconsciente, siendo lentamente consumido.
Las llamas habían consumido ya todos los recuerdos, los hábitos, la hipocresía, los secretos y el sufrimiento de la dama de yeso.

Mientras el sol parecía asomarse a lo lejos, la esperanza de una nueva vida surgió desde una parte de mí, que hace mucho no dejaba salir, era la parte que creía y esperaba.
Escaparía a España, me sentaría en una banca de iglesia y esperaría a que la mujer más hermosa que hayan visto mis ojos me hablara de nuevo, después de tantos años, reconocería su voz en cualquier lugar que la escuchará.

Correría hasta España, después de todo, no era tan difícil moverse con todo este yeso encima, después de todo a través de este yeso todavía podía soñar con el aroma, la textura y la voz de mi Amelie.